Hace unos días, en el estudio
de animación, comentaba con Mayor_x acerca
de Víctor
de la Fuente; hablábamos
de la reedición
de Sunday,
de sus obras en general,
de su dibujo admirable.
Le hablaba yo
de alguno
de aquellos tomos que Víctor realizó para Larousse, englobados en aquella ambiciosa “Histoire
de France en bandes dessinées” que
la editorial francesa apadrinara allá por los años setenta. Le hablaba, en concreto, del tomo dedicado a Hughes Capet, que llevaba el título
de “
La Race des Capets”.
“Es ese album, fíjate,”- venía yo a decirle a Sanvi- “otra maravilla
de dibujo
de Víctor, otra
de sus obras incontestables. Una más”.
Quedé, en fin, en que
la próxima vez se lo llevaría para que le echara
la vista encima y juzgara por sí mismo.
Entre ayer y hoy, he pasado un buen rato escaneando viñetas
de este tomo para incorporarlas a otra entrada del blog que, dedicado íntegramente a Víctor, regento desde hace un tiempo. Empresa que acometo con enorme entusiasmo, con el único afán
de paliar
la increíble desatención que
la obra del maestro ha sufrido en este país durante tantos años.
El caso es que, mirando y remirando estas viñetas con atención, me ha venido muy claramente a
la cabeza otro dibujante del que Sanvi y yo estuvimos hablando también, Hal Foster, con motivo
de esa reedición a tamaño gigante
de su infinito, inabarcable Príncipe Valiente.
No sé si estaréis
de acuerdo vosotros, pero viendo alguna
de estas viñetas
de Víctor que ahora os presento, ciertos paralelismos
de la obra del autor canadiense con
la del maestro astur se hacen visibles: el gusto compositivo, el cuidado y el mimo en los detalles (bien que el acabado del canadiense sea siempre más relamido que el suelto, agresivo y fresco del asturiano),
la proporcionalidad
de las figuras (tan “humana”, tan alejada
de excesos y amaneramientos), cierta manera
de reflejar
la épica, las luchas tumultuosas, las batallas monumentales...
En cualquier caso, nada que envidiar por parte
de Víctor, entiendo.
Su dibujo portentoso, sólido, con peso, en cierto sentido natural, fluido, lejos
de hiperbólicos encuadres o perspectivas exageradas, forjado en épocas más austeras, años en las que los dibujantes no contaban con
la suerte(?)
de aprovechar las referencias visuales que ahora nos desbordan ( y que a veces nos emboban), su dibujo, digo, no está, creo, al alcance
de cualquiera.
Espero que estas muestras
de este trabajo
de 1976 os gusten.
Me tomo
la libertad
de virar los dibujos a sepia. El color que les fue aplicado a los dibujos
de Víctor es para olvidar: colores planos, estridentes en ocasiones, infames en su mayoría. Mejor disfrutar del dibujo en sí.
Estos tomos
de Larousse llevaban dos historias cada uno, dibujadas por distintos autores. En este tomo, Víctor compartía escenario con Eduardo Coelho, que dibujaba
la segunda historieta, y que hacía lo que podía para no naufragar al lado
de las planchas del asturiano.
Difícil empeño.
Por comparación, los dibujos del bueno
de Coelho parecen los
de un aficionado, extraídos, quizás,
de algún entusiasta fanzine.
Pero él no tenía
la culpa.
“¿A quién se le ocurre publicarme al lado
de Víctor?” acaso pensó.


























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